En tiempos de cuarentena y pandemia. Una reflexión necesaria.

En tiempos de cuarentena y pandemia. Una reflexión necesaria.

N° 1, Mayo 2020, Silvestre Galeano

En tiempos de cuarentena y pandemia, cuando un bicho insignificante, microscópico, se encargó de mostrarle, de nuevo, a la humanidad que todos somos iguales, que somos muy frágiles, que la posibilidad de infectarse se incrusta en todos los estratos sociales, que no importa si se es rico, o si se es pobre, que no interesa el color de la piel, la religión que se profese, la forma en que vista, si se es ciudadano en Europa, África, Asia o Norteamérica, es el momento preciso para tomarse un rato y reflexionar sobre lo importante, sobre lo urgente para el futuro de los seres humanos.

La especie humana, con el lento paso de los últimos doscientos cincuenta años se ha terminado convirtiendo en un rebaño consumista, alienado por intereses mercantiles, por fines metalizados, un rebaño, que sin ruborizarse cambió los principios fundamentales de la vida por el estatus, por el poder, por la opulencia, por la moda, por el dinero. Muchas generaciones de humanos han encausado su desarrollo en un capitalismo salvaje, agresivo, en una cultura depredadora, en una continua presión de bota de opresor en garganta de oprimido. Una cultura que no se inmuta ante el total vacío de soluciones básicas al hambre y la miseria de muchos, que no le importa que se bloquee la economía de un pueblo con hambre para oprimirlo, que se atreve a sonreír para una selfi entre familias famélicas y sedientas con tal de publicitarse, que camina presuntuosa marcada por la indiferencia, por el desconocimiento de su propia historia, por el abandono de sus raíces ancestrales, por desechar los principios de humanidad, por el desparpajo del pensamiento y la palabra. Una comunidad que es el resultado de una formación superficial, impersonal y que peca por su falta de solidaridad, por su escasa capacidad de asombro, por procrastinar ante lo realmente importante, por no procurar el cuidado necesario y dar valor al planeta mismo en que habita.

Nuestro principal impulso como especie, es sobrevivir, lo hacemos desde la individualidad, el concepto egoísta aquí es muy importante, es cuando reaccionamos ante la adversidad y el peligro, en un principio lo hacemos ocultando nuestro cuerpo, escondiéndolo, luego acosados reaccionamos defendiéndolo; lo mismo hacemos para librar nuestro entorno cercano, los afines. ¿Pero estamos reaccionando igual para defender las generaciones futuras?, ¿para defender la continuidad de la especie humana?, aquí, es precisamente donde aparece la grieta en la cultura: existe una gran distancia entre el individuo y la comunidad, es un abismo tan grande que no nos animamos a saltarlo, ¿por qué? porque no conocemos plenamente el valor del ser humano, nos deslumbra el brillo del metal, de la gema, nos motiva el acumular riquezas, estamos deslumbrados por la comodidad del hoy, no creemos en el legado que dejamos para la humanidad, y además, porque no tenemos un proyecto de subsistencia como especie.

Los resultados de la pandemia son evidentes, hoy, la mayor cantidad de víctimas está en los países de mayor formación capitalista, en ciudades donde es posible hacinar los humanos en poblaciones estigmatizadas de devaluados, inmigrantes, desposeídos y olvidados. De ahí los vectores de la epidemia avanzan al interior de los sectores más favorecidos, y por supuesto también les causan muchos daños fatales. El ser humano cae desperdigado a montones, cae después de agonizar solitario, aislado, y su cadáver se descompone en fosas comunes envuelto en dos bolsas de plástico o es cremado en secreto; muere abandonado ofreciendo toda su riqueza, todo su poder por un poco de aire, por un rasguño de viento.

Hoy tenemos un dilema muy grande: o hacemos más dinámica la economía, porque el flujo del dinero permite solucionar las necesidades básicas como individuo, permite regresar a la comodidad de nuestra vida, convencidos que con oro somos libres, o detenemos el avance de la pandemia en un aislamiento muy controlado, con programas amplios de salud pública, con distanciamiento social y pocas muestras de calor humano.

En la mitad del milenio pasado las circunstancias permitieron que los conquistadores españoles, portugueses e ingleses aprovecharan la debilidad de los grupos nativos del Nuevo Mundo ante el arribo de una peste o epidemia, para dominarlos, para oprimirlos; con la conquista, llegaron, entre otras cosas, la viruela y la gripe, y rápidamente diezmaron la población de los nativos: virus, bacterias, bichos nuevos, causas desconocidas en el momento desolaron las aldeas y poblados, la otra parte del daño la hicieron los conquistadores; entonces no existió posibilidad de sobrevivir, solo huir, esconderse o morir. En otras épocas anteriores, y en otras regiones del mundo, ante la pandemia, cuando asaltaban las epidemias, y las causas fueron, por supuesto, de carácter natural, como sucede en estos momentos, las comunidades en medio de las cuarentenas suplieron sus necesidades básicas gracias a su cultura agraria, al esfuerzo cercano, y aunque esas necesidades no eran diferentes a las de hoy, las personas no eran tan exigentes y las podían solucionar con su propio esfuerzo. Hoy tenemos ciudades extensas, con mucha más densidad de población, donde habitan solo desconocidos, ciudades con desigualdades sociales que rayan en la ridiculez, pero igual, es nuestro deber sobrevivir.

Entonces imaginemos por un rato cómo vamos a sobrevivir en estos momentos de pandemia. Debemos acostumbrarnos a pensar en tercera persona y a actuar como comunidad; las bajas no van a parar, algunos más van a morir por la inercia de los hechos; se debe presentar un cambio de fondo en la manera de pensar, daremos más importancia a lo sencillo, vamos ser más solidarios, menos dependientes, vamos a cerrar todos los ciclos sociales abiertos y empezaremos a asignar un valor real al trabajo de los demás: empezamos por identificar los oficios imprescindibles, no importa si son humildes, aquellos que tienen por rutina diaria luchar contra la muerte, aquellos que cultivan la tierra, los que mantienen el orden y la seguridad, aquellos que atienden las necesidades propias de las ciudades, etc. Terminamos nuestro romance con el consumismo, mientras haya necesidades básicas por cubrir seremos muy cuidadosos con los recursos. Volvamos a creer en lo nuestro, apoyemos más los esfuerzos del campo, consumamos mucho más los productos de fábricas nacionales, exijamos mejores resultados a los gobernantes mediante auditorias públicas, para elegirlos ellos deberán mostrarnos el futuro lejano de la comunidad con programas claros, castiguemos severamente la corrupción, y reevaluemos la cadena de precios al consumidor. Dejemos de ser palabras al viento y seamos más acción.

Imaginemos un futuro más cooperativo: los consumidores organizados serán, junto con los campesinos, los dueños de las cadenas de consumo y apoyo de los productos agrarios, los mismos consumidores serán los dueños de sus propios supermercados, no existirán largas cadenas de valor para los productos de primera necesidad. Se apoyará la producción nacional, se acabará la política extractivista como pilote de la economía, se fomentará más la educación y la tecnología, se apoyara más el emprendimiento y la innovación, lo cultural y lo folclórico tendrán un mayor espacio en la formación de la comunidad. Los estados serán cada vez más descentralizados, ya no serán los grandes contratantes de hoy, se ofrecerán mayores oportunidades de formación y desarrollo a las comunidades de trabajadores, se castigará con severidad la corrupción, la justicia será implacable con los criminales, estos se resocializarán con el trabajo duro.

Se debe sacrificar a los dioses de la democracia y la solidaridad, en una hoguera de leña verde, los borregos gordos que ralentizan el progreso social, iniciemos echando al fuego cuatro cánceres sociales: la ignorancia, la polarización, la indiferencia y la corrupción.

Por último, antes de volver de nuevo a la realidad, debemos revisar la calidad de los humanos de la sociedad, algo así como que cada uno revise su billetera, no para contar el dinero, buscamos documentos, estampas,  fotografías, tarjetas de presentación antiguas, recortes de periódico viejo, aquellos papelillos olvidados que esconden secretos garabateados con apuro en la calle. Es importante que cada uno evalúe en su interior, que deseche de su corazón la codicia, los vicios, las prevenciones, los rencores, los odios y las envidias. En el futuro que viene, en el siglo de los sobrevivientes, irán quedando los más fuertes, los más ecuánimes, aquellos mejor equipados en mente y cuerpo para enfrentar, en comunidad, los permanentes ataques de la epidemia, los virus actuales, los nuevos, y todas sus mutaciones.

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